lunes, 8 de agosto de 2016

Hora de bellacos.


Yo no lo quito


En nuestro último Alimoche hablábamos del sacerdote asesinado hace pocos días en una iglesia de la Normandía francesa y señalábamos que ha llegado un nuevo tiempo de mártires como aquel que pudimos contemplar en nuestra niñez con el advenimiento de la Segunda República española.


Pero al mismo tiempo que se está desatando un odio a la iglesia católica desde varios frentes, como era de esperar en España desde el advenimiento de la "Santa Transición", también es el momento de decir que este es tiempo de bellaquería; de una bellaquería que corre de boca en boca y de la que habría que decir, como nuestro escritor de otros tiempos; "con escándalo entre las damas, sorpresa en las justicias, hidalgos y caballeros, indignación entre los amigos y desvergüenza entre los rufianes, tahures y gente de sisa y latrocinio, pues de todo hay en la villa y viña de la corte del Rey nuestro señor". Algunas voces sensatas empiezan a echar de menos lo que empiezan a llamar "los valores".Y de ellos, quizás el principal es el sentido del honor.


El concepto del honor representa un plano intermedio en el que se encuentran los valores eternos y los temporales de una sociedad. Por frágiles y engañosas que puedan llegar a ser nuestras grandezas no por ello dejan de ser como un reflejo y sombra de la grandeza eterna. Y la idea española del honor comprende, a la vez, toda la plenitud y la fuerza de la grandeza humana. El último de los menesterosos puede alcanzar honores, y el más poderoso de los aristócratas puede perderlos con la rapidez de un rayo, y el honor se convierte en ignominia lo mismo que el oprobio de este mundo puede convertirse en gloria eterna,



Este concepto del honor fué el que inspiró al ejército español durante el siglo XVI y buena parte del XVII, cuando era el más poderoso del mundo. El sentimiento del honor de los soldados y de los oficiales era, en este ejército, un fundamento más importante que la disciplina. "Pon la honra, pon la vida, y pon las dos, honra y vida, por tu Dios" era un conocido proverbio militar. Cierto que había frecuentes motines, pero jamás actos de cobardía; y no por cuestiones de organización, sino por la idea de que era honroso servir al Rey de España. Y este ejército, que se componía de voluntarios y de gente procedente de levas, fué un verdadero ejército nacional, el primer ejército nacional de la Edad Moderna.

Este ejército que era considerado una escuela de honor en el que los tránsfugas y los parias podían ganar de nuevo la consideración social, pasó a constituir un ejemplo para el resto de las naciones. Era también puerto de refugio para todo género de aventureros. Y, precisamente, en ese azar de honores y derrotas se veía el valor educativo, confortador y  rehabilitador ante Dios y ante los hombres.

Han transcurridos cuatro siglos desde aquellos años en los que el soldado español decía aquello de

"España mi natura, Italia mi ventura, y Flandes mi sepultura"

Todo esto nos  lo provoca una conversación reciente con una señora anciana   que había oído decir a  madres  más jóvenes que ella, que estaban preocupadas por sus hijos y añoraban el pase de los mozos por el anterior servicio militar, de donde volvían hechos más hombres y más responsables.
                                                                              

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